De cuando un viaje te hace pensar más de lo que querías porque tú te ibas de VACACIONES

“Ya queda menos, menos de un mes”.

Empiezas a pensar en todas las cosas que aún tienes que hacer, aparte de ir a trabajar cada día. Qué largo que va a ser este mes…

Pero ahí estás de repente, las dos o tres horitas de rigor antes del vuelo para evitar contratiempos. Nervios. Último repaso mental de tu maleta, lo vital va en el equipaje de mano así que la otra se puede perder pero mejor empezar con buen pie. Mentalmente calculas la hora de llegada a tu destino y… “tripulación, preparados para el despegue”. Ahora sí, oficialmente de vacaciones.

Mi viaje ha sido a Haití y esta vez han pesado más los motivos familiares, pero le vi la parte positiva. Yo visitaba un país antes de que mucha gente hubiese ni siquiera oído este nombre.

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Lo vería en estado puro, virgen.

Una isla, dos países, dos mundos distintos

Aterrizamos en Santo Domingo, República Dominicana y destino paradisíaco para muchos. Me pareció buena opción hacerlo así y podríamos aprovechar y visitar dos países en el mismo viaje. Soy de las que cuando viaja tiene que ver todo lo que pueda, dormir poco y visitar, visitar y visitar.

La isla está dividida en estos dos países pero nunca había visto tanto contraste entre dos tierras que a vista de mapa están tan cerca. Si bien es cierto que sus historias no tienen nada que ver, la República fue colonia española y Haití lo fue de Francia, esperaba que al menos se quisieran un poco más de lo que lo hacen. Pero las diferencias son hoy latentes debido a varios conflictos entre ellos mismos y con sus antiguas metrópolis.

Atravesamos la frontera entre los dos países en bus. Siete largas horas de las cuales dos estuvimos detenidos en la misma frontera, invadida por muchísima gente intentando pasar de un lado a otro. Finalmente, después de haber tramitado la salida de La República Dominicana y conseguir el sello de Haití en nuestro pasaporte ya estábamos en nuestro destino.

¡Qué ganas de descubrirlo!

El plan era sencillo, combinaríamos unos días en familia con unos días a nuestro aire. Pero poco a poco nos empezamos a dar cuenta de que el viaje a tu aire tal y como lo interpreto yo no iba a ser del todo posible.

Haití: de la perspectiva a la cruda realidad

De Haití sabía lo que me contaba la guía de viaje que me compré, una de las pocas que hay editadas, y lo que leí en algunos foros. Pero información pura del destino escrita por viajeras como yo no encontré. Ahora entiendo por qué. Es complicado que el turismo se desarrolle en un país que no tiene cubiertas sus necesidades más básicas para su propia gente.

Los primeros días en Puerto Príncipe me hacían ver que ese país era distinto a lo que había visitado hasta entonces. El hecho de ir de la mano de nativos, perfectos conocedores del terreno, me daba una clara ventaja sobre cualquier otro posible turista y a la vez me bajaba de lleno a la realidad.

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Aunque tenía en mente visitar algún atractivo turístico la verdad es que no hay sitios especialmente interesantes que visitar y que sean sencillos de alcanzar. El país aún está lejos de remontar gracias al turismo. Uno puede pensar que la situación de Haití, de extrema pobreza y desesperación, se debe al terremoto de hace cinco años y que todo cambió a partir de entonces. Aunque eso, evidentemente, fue determinante y acabó de hundirles no es del todo el motivo principal. Hablando con la gente ves que es un país condicionado por sus dictaduras y gobiernos.

No pretendo hacer un análisis de la situación de Haití, no tengo la suficiente información ni seguramente capacidad, pero sé lo que ves y sientes al estar allí. Y es desesperante ver como mucha gente se pasea con sus coches de alta gama al lado de niños que no están ni escolarizados.

Me marcó la frase de mi primo: “Aquí no tenemos nada y lo tenemos todo”.

Hacia el sur

Así pues, después de 5 días en Puerto Príncipe partimos en coche hacia el sur, dirección Port Salut y con un chófer nativo. La conducción allí es terrible y tuvimos que cambiar el plan inicial de viajar por libre porqué era impensable conducir nosotros. Lo hacen de manera agresiva, no importa si vienen coches de cara. El secreto es tocar mucho el claxon para que el que viene se entere de que hay otro coche o moto cerca.

Hablando de motos, ¿qué harían estos países tan empobrecidos sin motos? Me di cuenta de que son el transporte clave: baratos de comprar, de mantener y así pueden hacer de taxistas. Salir de Puerto Príncipe nos costó más de una hora. Barriadas llenas de chabolas a los dos lados de la calle y mucha gente en el medio de la carretera, tirándose encima del coche para venderte lo que llevan.

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Siete horas después y tras un viaje lleno de barricadas y otras complicaciones llegamos a nuestro Resort y esperado paraíso y también primera decepción. Chocamos de frente con la humildad de lo que son los alojamientos en Haití: habitación sin luz, como todo el país entre las 6 de la mañana y las 8 de la noche; agua corriente fría o más bien del tiempo; mosquitos hambrientos y piscina vacía.

Bueno, era de noche.

Seguramente por la mañana lo veríamos mejor.

La verdad, la mañana lo mejoró. El enclave era precioso, justo en el límite de la tierra con el mar, con la constante brisa de fondo. La música vudú (famosa allí) de una casa que teníamos justo en la cala del al lado llenaba el ambiente. No osamos entrar a la casa pero sí fuimos a bañarnos a esa encantadora y vacía cala. Se presentaron tres días de relax en estado puro, perdidos en el caribe.

Relax en Jacmel y Puerto Príncipe

Tres días después y nueve horas de coche más tarde llegamos a Jacmel. La verdad que la red de carreteras complica mucho los desplazamientos entre ciudades. A parte, el viaje se ralentiza en muchas ocasiones por el hecho de que muchos de los pueblos se sitúan a ambos lados de la carretera principal y la gente hace vida invadiendo las vías. Y es que si algo he entendido gracias a las horas de carretera es que el pueblo haitiano vive en la calle, vende en la calle lo que puede y la calle es siempre el primer y último recurso para sobrevivir.

Después de estar en Jacmel volvimos a Puerto Príncipe. Impresionantes las vistas de las montañas que atravesamos durante este trayecto. Se aprecian los huertos y alguna casita de campesinos y los paisajes quitan el aliento. También se hace evidente la deforestación que el país sufre debido a que la gente ha utilizado los árboles para obtener carbón y lo han convertido en su modus vivendi.

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En vista de la dificultad que encontramos para desplazarnos y las horas que costaba realizar trayectos decidimos cambiar de planes. El norte lo conoceremos en otra ocasión.

El resto de días en la capital fueron de relax. Hicimos alguna salida interesante. Hay un restaurante que disfruta de las mejores vistas sobre la ciudad, el Observatorio. Fue increíble cenar allí aunque los precios de la mayoría de los servicios son abusivos.

Por ejemplo, pagar 9$ por una sandía creo que se lleva el premio al abuso del año.

Dedicamos un día a comprar artesanía. Hay arte interesante y el regateo da mucho juego y fue divertido chapurrear francés y regatear a la vez. Figuritas de piedra, cuadros explicando el bullicio de la calle y las siempre presentes pulseritas con el nombre del destino. En el barrio de Petion Ville, podría decir que el barrio mejor organizado del país, el arte era más exquisito y puedes encontrar de todo a precios muy variados. Bajamos también al Campo de Marte, pleno centro de Puerto Príncipe. Allí, en la misma plaza, están todas las paradas de souvenirs esperando al turista. Lo más curiosos de todo es que turistas no hay.

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Un día también pudimos escapar a la playa, a una hora al norte, pero la sorpresa fue que era una playa integrada en un complejo turístico y nos costó 10$ poder acceder. Aun así valió la pena por lo limpia que estaba y porque también pudimos aprovechar las instalaciones del hotel. Allí escenificamos el dicho “quien algo quiere algo le cuesta”.

¿Y al final, con qué te quedas?

Pero por encima de todo, si algo me ha marcado de este viaje es haber vivido la pobreza tan de cerca. Porque, ¿quién no ha viajado y visto pobreza? ¿Pero quién ha vivido con ella? Cuando vas de viaje la pobreza incomoda, gente sin casa ni ropa incomoda, gente que pide para poner un trozo de pan en la boca de sus hijos incomoda. Así que o bien miras a otro lado o bien ya no viajas a sitios susceptibles de provocar eso en ti. Pero cuando tu familia forma parte de eso las perspectivas ya son otras. Pones una gran armadura en el corazón pero poco a poco se deshace y vas cayendo en la cuenta de ser afortunado solamente por haber nacido en otro sitio.

Eso se mezcla con la tristeza infinita de saber que las oportunidades en Haití llegan en cuentagotas así que tu gente tiene un destino escrito, aunque no creas en el destino.

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Y aunque yo vaya a visitarles del “primer mundo”, del capitalismo y consumismo sin freno y eso a sus ojos me convierta en una persona feliz, son ellos quienes me muestran su felicidad y superación. Sin tener nada material me han regalado cosas muy valiosas.

Me han regalado tiempo. Momentos inmejorables de largas charlas y risas contagiosas. Me han regalado orgullo, el que allí tienen porque no se puede ser materialista así que se es orgulloso. He aprendido el significado real de ser solidario, compartir lo poquísimo que se tiene y compartirlo con una sonrisa. Y he recibido cariño, en eso son millonarios.

Así que al final, lo que prometía ser un gran viaje cuando lo planificaba desde el sofá, lo que pasó a ser una gran dosis de realidad a los días de haber pisado el país y lo que fue un mar de lágrimas el día de la despedida, ha resultado ser, ya otra vez desde el sofá, un aliciente de vida, un reto constante por entender por qué yo merezco esta vida y ellos no y sobretodo una promesa personal de hacer más sencillo su camino.

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