2 días en Oporto y mucho que ver

El viaje a Oporto ha sido un regalo de navidad para mi chico. Es de esos regalos que se te ocurren por casualidad y sobre todo cuando ya no sabes qué regalar porque hoy en día, por suerte, tenemos todo lo material que necesitamos. Así que ha sido un regalo más bien sentimental.

Dos días que me han hecho romper con la rutina de antes del viaje, pues he estado desde navidad planeando qué visitar, viendo fotos de la ciudad y soñando en ese finde en Oporto. Y también después, porque durante los siguientes días he revisado fotos, colgado las más guais en Facebook y dado envidia a mis amigos.

Y aunque parece que pueda saber a poco, ese viaje de dos días a Oporto ha sido de las mejores decisiones que he tomado en los últimos meses. La regla de las tres B: bueno, bonito y barato se ha materializado en esta escapada. No solo el viaje con los vuelos, el hotel y los traslados ha sido económico y muy satisfactorio, sino que la vida en Portugal es, por lo general, más barata. Diría que en comidas, cenas y algún que otro gin-tonic me he dejado unos 90€ y muy a gusto, la verdad.

oporto5 Fotografía tomada desde la Torre de los Clérigos

Llegamos el viernes sobre las ocho de la tarde hora local, puesto que es una horita menos. El traslado nos llevó hasta el hotel. Vale la pena estar en uno bien céntrico para sacar el máximo provecho al escaso tiempo.

Fue dejar maletas y salir a comernos Oporto. Acertamos mucho con el restaurante que el hotel nos recomendó, O Caçula. Está situado en una de las calles peatonales que salen de la Praça de Carlos Alberto. Allí, como no podía ser de otra manera, pedimos la famosa francesinha, plato por excelencia de Oporto y que tanto nos habían recomendado. Aunque es mejor compartirlo porque es algo copioso, vale mucho la pena probarlo. Pan de molde, lomo de cerdo, hamburguesa de ternera, salchichas, jamón york y queso. Todo bañado en molho de francesinha y la salsa piri-piri. Me llena de nuevo solo recordarlo.

Al salir del restaurante bajamos por la Rua da Frabrica hasta la Praça da Liberdade y dando un paseo hasta la Ribeira. Aunque el objetivo principal era más bien bajar la cena, fue genial descubrir la zona por la que se sale de copas en Oporto. A orillas del Douro, el río Duero, hay gran cantidad de bares y allí se toman las primeras copas.

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Otra muy buena opción y más tranquila es la zona de enfrente de la Ribeira, Vila Nova de Gaia y desde donde las vistas de Oporto en la tarde-noche son un regalo para los amantes de la fotografía.

Estábamos cansados del viaje y quedaba lo mejor así que volvimos al hotel para reponer fuerzas y poder emprender el sábado.

Andar, comer, andar, comer…

A las 10 teníamos un free tour reservado con City Lovers Tours y fue una pasada. Más allá de recorrer los encantadores, empedrados y empinados callejones de Oporto, nos situó enseguida en la ciudad. Vimos lo esencial y nos ayudó a organizarnos para lo que nos quedaba de tiempo allí. Además fue un día muy soleado que ha hecho que tenga unas fotos geniales y eso me encanta.

Fueron tres horas de tour por el Oporto romántico, por lugares tan únicos como la Librería Lello, que inspiró a la escritora de Harry Potter. También paseamos por el barrio judío y vistamos una de las señales de identidad de la ciudad, la Torre de los Clérigos dónde, por cierto, vale mucho la pena subir sus más de 200 escalones y ver Oporto desde el aire. Pero sin duda alguna, lo mejor del tour fue el Miradouro da Vitória con unas vistas sobre el río Duero inmejorables.

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A nivel gastronómico, Portugal nos va muy bien a los jóvenes porque se come en cantidad y muy bien de precio y eso nos interesa.

Comer el sábado en el restaurante Escondidinho do Barredo creo que fue la gran experiencia, en mayúsculas, de esta escapada a Oporto. Éste es, sin duda, el restaurante más auténtico en el que he estado nunca. Dos hermanas, con sus delantales, sirviendo con calma las 6 mesas que cabían en el local, pero donde cada vez que unos terminaban se sentaban los siguientes. Nos pusimos las botas de comer pulpo (polvo en portugués), empanados de carne, empanadas de gambas, iscas de bacalhau (rollo de bacalao con verduras) y una sepia exquisita.

Por cierto, si un plato os gusta mucho no digáis que es “esquisito” porque en portugués significa “extraño” y no creo que les guste oír eso a los camareros. También vale la pena pedir las famosas tripas a modo do Porto. Son tan famosas y su origen tan curioso que incluso a los portuenses se les llama tripeiros. Las tripas, cocinadas por estas dos hermanas, son un plato muy peculiar porque comes literalmente tripas de cerdo y con forma de intestino. Muy curioso. Pero lo más sorprendente fue pagar 12€ por persona incluyendo un típico vinho do Porto que acompañó genial cada plato.

Y aunque sientas que estás lleno siempre hay hueco para un postre, así que os recomiendo mucho sentaros en la terracita de la Leitaria da Quinta do Paço y deleitaros con los dulces portugueses: pasteles de nata (en Lisboa son los famosos pasteles de Belém), ovos molhes y sobretodo los eclairs de crema y chocolate o de limón.

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A parte de comer, también andamos hasta que las piernas ya no fueron nuestras. La estación de Porto-Sao Bento tiene todas las paredes interiores cubiertas por azulejos que cuentan grandes historias. Es preciosa. Unas vistas obligatorias de Oporto son las que quedan desde el puente Don Luis I dirección Vila Nova de Gaia, sobre todo al atardecer. Los portuenses dicen que este pueblo, Vila Nova de Gaia, tiene dos cosas buenas. La primera, el vino. Es en esta riba del Duero que se encuentra la mayor concentración de bodegas y merece la pena, si os da tiempo, hacer alguna cata. La segunda, las vistas. Y tienen razón porque las vistas desde aquí son las mejores vistas de la ciudad de Oporto.

oporto2 Estación de Porto-Sao Bento

El casco antiguo de esta ciudad es Patrimonio de la Humanidad así que la recomendación es patear Oporto hasta quedar exhaustos y, cuando eso pase, aprovechar para entrar a tomar algo en los encantadores bares con paredes y barras de madera que parecen transportarnos a siglos pasados.

Y para terminar el domingo, por la mañana, subimos a la línea 1 del tranvía y recorrimos la costa hasta la desembocadura del Duero, donde el Atlántico entra en juego y donde se pierde el río. Es en esta zona donde están las playas de Oporto. No son exactamente como las que podemos tener en el Mediterráneo pero hacen la función para días calurosos.

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Y en la línea de este post os voy a hablar de lo bueno que estaba todo en el restaurante en el que comimos en la costa, A Máscara. Sus especialidades son las fondues y nosotros probamos una de quesos y tomate. ¡Increíble!. A nuestro alrededor, el resto de clientes disfrutaban de fondues de carnes y pescados y parecían igual de encantados que yo. Las vistas a la playa desde la mesa terminaban de redondear el final del viaje.

Lo que viene a partir de ahí es el regreso a casa y, aunque nos supo a poco y nos faltó algún día más, no me dio tiempo de tener depresión post-vacacional, lo cual agradezco.

He decidido que este año será el de las escapadas, el de coger libre algún viernes o lunes para poder volar por ahí y ahorrar en mis salidas, puesto que todo es más barato cuando la mayoría de gente no viaja y sobretodo fuera de fechas festivas.

Así que ahora tengo un nuevo reto, elegir el siguiente destino. Pasan a la historia los fines de semana en casa y queda inaugurada la temporada de escapadas.

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